La aprobación por parte de la Comisión Europea de un nuevo cultivo transgénico, una patata modificada genéticamente para uso industrial, añade un nuevo riesgo de contaminación e inseguridad alimentaria, ha explicado Amigos de la Tierra.
Hasta esta semana, el único organismo modificado genéticamente cuyo cultivo estaba autorizado en la Unión Europea (UE) era el maíz transgénico MON810, del que España es el único país que lo cultiva a gran escala. Estaban permitidos, sin embargo, la importación de varios tipos de maíz y soja transgénicos. El resultado de esta situación es que según los datos de la AESAN, hasta el 20% de los alimentos que contienen estos ingredientes están contaminados por transgénicos, sin que figure en la etiqueta y el consumidor tenga posibilidad de evitarlo. Entre los productos contaminados hay leches y papillas infantiles, galletas, bollería o platos preparados.
La aprobación, el pasado martes, de un nuevo cultivo transgénico añade nuevos riesgos alimentarios en otro alimento, la patata. Y más cuando esta patata está modificada genéticamente para su uso industrial y presenta graves incertidumbres para la salud. La propia multinacional que comercializará esta patata, BASF, asegura en su solicitud de autorización que “no se puede descartar que esta patata sea usada o termine apareciendo en la alimentación [3]”. Y la experiencia con el cultivo de maíz transgénico nos confirma que su separación total durante la cosecha, recogida, almacenaje, transporte o procesado es una utopía.
“Si la soja y el maíz transgénico ya contaminan nuestra comida, aprobar una patata de uso industrial, que se sabe que va a terminar en nuestra alimentación, es de una irresponsabilidad sin precedentes.” afirmó David Sánchez, responsable de Agricultura y Alimentación de Amigos de la Tierra.
La patata transgénica aprobada, conocida como Amflora, está modificada genéticamente para producir una mayor proporción de amilopectina, un almidón que se usa en procesos industriales, como el de la fabricación de papel. Como han denunciado varias organizaciones de la sociedad civil, la presencia en esta patata de genes de resistencia a antibióticos, práctica contra la que han advertido la Agencia Europea del Medicamento o la Organización Mundial de la Salud, hace que la entrada de esta patata en nuestra alimentación suponga un grave riesgo sanitario.
Rima - Revista Industria del medio ambiente
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